sábado, 7 de agosto de 2010

¡Buen provecho!

Estoy seguro de que aquella tarde de octubre recuerda (o recordaría, si viviera independientemente de mi memoria) la confesión que le hice cuando, caminando, noté que no había almorzado. ¡Sí!, y todas las personas con las que hablé esa misma tarde recordarán también el rugido de motor viejo y ahogado que tenía mi buche.
Yo, por mi parte, recuerdo que hacía un viento feroz, como el soplido de un lobo; que se mecían con violencia los árboles y las personas; que en el ambiente quedaban vestigios de la tormenta de la noche anterior; que, en un café, un asiento me invitó, gentil, a posarme sobre él; que tenía algunos pesitos en el bolsillo fruto de una mini-paga; y que decidí, al final, comprarme una salchipapa para hundirla en ávidas fauces y así cesar aquella desalmada hambruna. Sólo pensaba en ello: la imagen de algo consistente haciéndose bolo alimenticio y saciando mi vacío se adueñó de mis expresiones: Los ojos cerrados, la boca hecha agua y el estómago delirando, grosero, su enfado. Sentía que mis tripas se pegaban; que unas punzadas en mi vientre iban a atravesarme; que implosionaba. Quizá por ello, pensaba que mi estómago iba a tragarse a mi cuerpo.
Para hacer la espera menos fúnebre comencé a hojear las hojas de un libro que compré (con el mismo dinero), regocijándome por la valiosa adquisición.
El viento continuaba. Mientras limpiaba mis ojos del (tan), por mi, maldecido polvo, mi hambre se rehusaba a acompañar al tiempo que pasaba. Era la tercera vez que iba a reclamar mi pedido: habían pasado veinte minutos, ¡veinte minutos! Sentía que mi muerte por extenuación digestiva estaba próxima y no aguantaba más.
Se preguntará, en este punto, el amable lector, ¿a qué viene todo este barullo descriptivo?, ¿por qué no le ofrezco un relato, una noticia de interés general?
En ese momento, de maldiciones y mini-gastos, llegó él: Con sus piernas mostrándose a través de sus pantalones casi transparentes; con sus pies descalzos y su carencia de dedo gordo; con su nariz angulosa y su párpado reventado; con su pequeña estatura y sus… 3,4,5,6,7 ¿años? Que no puedo precisar por que él mismo no lo sabía (lo calculé teniendo como referencia a mi hermana menor). Tenía una lata en la mano derecha. Sus padres habían corrido la misma suerte de su dedo gordo. El viento era incapaz de despeinar sus cabellos fijos, de cambiar su expresión tácita.
Su contorno se dibujaba como una caricatura y le acompañaba una costumbre de pantalla lejana en mi mirada. Pero no se disolvía. No cambiaba de horario: Era la imagen de un personaje que nunca crece, que, en cada capítulo, trae emperchado el mismo traje. Yo ya estoy grande, él es el mismo de siempre. Contar, sólo contar, es lo que en las noches de sueño me demanda.
Cuando llegó él, ya acostumbrado al frío, al hambre, a la miseria, a la anestesia de su mano derecha, a la carencia de su dedo gordo, a personas como yo que tienen hambre igual que él, pero que no están acostumbradas. Cuando llegó su mano extendida y su piel flagelada por el tiempo (tiempo largo como… 3,4,5,6,7 ¿años?) llegó mi salchipapa. De pronto se acercó, mirándome a los ojos, con un tic congelado que fruncía su mejilla y una voz ronca, aguda y metálica me dijo:
- ¡Buen provecho, joven!

Texto publicado en el tercer número de la revista literaria “Cien de Cien Letras” (noviembre del 2005 ) bajo el pseudónimo de Nesfharumfa hoy conocido como El Colgado.

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